CREACIÓN COREOGRÁFICA E INTERPRETACIÓN DE
MILVIA MARTÍNEZ
PANAMÁ
El Goce de la melancolía
Creo que nadie puede discutir que estamos ante la mayor creadora
de la danza panameña actual. Milvia Martínez ha
sabido desarrollar un lenguaje coreográfico que suma talento,
disciplina, asumiendo las distintas vertientes con las que desarrolló
su experiencia danzaria, para desarrollar un lenguaje que apunta
al a solidez y la personalidad. Pero no debemos apresurarnos.
La palabra clave es ?apunta?. Martínez tiene un poderoso
caudal expresivo pero necesita ser encauzado, pulido, desarrollado,
mejorado, para alcanzar todo lo que su enormísimo potencial
sugiere.
Ya la habíamos visto en H2O y en aquella reseña
señalamos las contundentes diferencias establecidas entre
la escena en la que Milvia Martínez ejercía el protagonismo
y las demás. Su sola presencia anunciaba una bien trabajada
densidad corporal que sugería prolongados trabajos y experiencias
que excedían por mucho las de sus compañeras de
aventura.
Cabanga es el primer trabajo solista que vemos de Martínez.
En él explora las espinosas relaciones entre el cuerpo
y la ausencia. Los rostros proyectados sobre una tela (dibujados
por la propia bailarina-coreógrafa) parecen ser objeto
no de deseo, sino de melancolía, de dulce pérdida,
y los movimientos sugieren el péndulo de dolor y gozo ante
lo que nos abandona cada día. Los desplazamientos de la
bailarina son sugerentes y ricos en evocación. La luz está
bien lograda y la partitura musical elegida es más que
adecuada, con ricas piezas de John Curie, Philip Glass o Caetano
Veloso.
Martínez demuestra sobrada capacidad para estar en solitario
sobre un escenario. Pero hay elemento que necesita perfeccionar.
La expresión de su rostro tiene a cierta disolución
expresiva, a un ablandamiento que no corresponde con los distintos
grados o niveles de tensión corporal. La estructura necesita
mayor solidez y tensión dramática (sobre todo si
se anuncia como teatro-danza). Igualmente, debe mejorar el sentido
focal en ciertas instancias (la silla, por ejemplo, está
ubicada en un espacio preponderante y su uso dramático
es casi nulo, mientras el chorro de arena que cae desde arriba
obliga continuamente a mirarlo e incita al espectador a preguntarse
por su procedencia).
Además, algunos de sus movimientos son algo predecibles
(sobre todo para alguien que laboró con un maestro del
Butoh como Min Tanaka) y podrían mejorar en intensidad,
precisión y sutileza. Tal vez si en el próximo trabajo
utiliza una sensible y experimentada mirada externa que le sirva
de ?editora coreográfica? o si filma sus propios movimientos
y los evalúa en profundidad para corregirlos minuciosamente,
pueda aproximarlos a lo más alto de sus propias posibilidades.
Martínez debe cuidarse mucho de los riesgos de la complacencia.
Es obvia su ética de trabajo, pero ahora le tocará
enfrentarse a un coro de elogios antes los que tendrá que
contraponer el ritmo de su más personal ambición
estética. Su talento merece el mejor desarrollo posible.
Finalmente, hay que destacar la elección de una obra tan
cualitativa para inaugurar el III Festival de Teatro Panameño
(que no promete mucho) y, de paso, hay que deplorar la recurrente
y provinciana costumbre de funcionarios, productores y manzanillos
del treparse al escenario para lanzar agradecimientos y anuncios
a un público, más que cautivo, prisionero.
(Ovidio Piriz, suplemento cultural cibernético, Talingo,
abril 2004)